Leer no basta
Escuchar a personas sabias y bien leídas tiene algo de contagioso. Dan ganas de abrir un libro y entregarse por completo a la tarea de devorar sus páginas, con la esperanza de terminar siendo un poco más culto que ayer.
Pero ¿es la lectura, por sí sola, suficiente?
Es cierto que leer enriquece el vocabulario, estimula la imaginación y afina el pensamiento crítico. Sin embargo, si el propósito es alcanzar la sabiduría —o cualquier otro objetivo concreto—, quizá la lectura sea apenas el comienzo.
La respuesta podría encontrarse tanto en la ciencia del aprendizaje como en los consejos de los antiguos filósofos. Por ahora, porque el tiempo apremia y porque no quiero que las ganas de escribir abandonen mi cuerpo, prefiero detenerme en una idea que Séneca compartió con Lucilio en su carta 45.
El filósofo advertía que no sirve de mucho acumular libros si no permanecemos el tiempo suficiente con aquellos que realmente merecen nuestra atención. «Una lectura fija procura beneficio; la variada solo procura placer», escribió. No creo que el placer de leer tenga nada de malo. Al contrario, muchos describen los libros como la posibilidad de recorrer paisajes o habitar mundos imposibles sin salir de casa. Pero para Séneca el placer no era el destino; era apenas un medio. Quien persigue un fin, decía, no puede andar cambiando de camino a cada momento.
Si nuestro objetivo es la sabiduría —ese es el mío, aunque el tuyo puede ser cualquier otro—, entonces la primera tarea consiste en definir con claridad qué queremos aprender. Después viene algo más difícil: elegir con criterio las voces que permitiremos entrar en nuestra cabeza y permanecer el tiempo suficiente con ellas. Como también escribió Séneca, conviene «demorarse en ciertas mentalidades y nutrirse de ellas».
Pero quedarse con un libro no significa limitarse a terminarlo. Significa estudiarlo. Subrayarlo. Discutirlo. Contradecirlo. Ponerlo a prueba. El propio Séneca utiliza una imagen poderosa: “El cuerpo no aprovecha el alimento que se vomita tan pronto como se ingiere”. Con las ideas ocurre algo parecido. Solo empiezan a transformarnos cuando dejamos de consumirlas y empezamos a digerirlas.
Desde mi experiencia en aprendizaje corporativo, esta intuición sigue teniendo sentido. La lectura suele ser la puerta de entrada al aprendizaje, pero el conocimiento adquiere profundidad cuando intentamos explicarlo, aplicarlo, cuestionarlo o adaptarlo a problemas reales. Es ahí donde deja de ser información y empieza a convertirse en criterio.
¿Cuándo es suficiente? Probablemente nunca. La curiosidad difícilmente encuentra un punto final. Pero sí existe un momento en el que vale la pena cerrar el libro y comprobar si aquello que acabamos de leer resiste una conversación, una decisión difícil o un problema cotidiano. Es allí donde las ideas empiezan a revelar cuánto pesan realmente.
Quizá por eso convenga escoger con intención las lecturas que nos acompañarán cada año. No lo digo desde la congruencia. Más de una vez me he dejado seducir por una buena contratapa y he gastado dinero que no tenía para llenar mi sala de libros cuya fecha de lectura ni siquiera figura en mi calendario. Tal vez el verdadero desafío no sea leer más, sino convivir el tiempo suficiente con aquellas pocas ideas que realmente merecen quedarse.
Referencias
Séneca. (2024). Cartas a Lucilio (Trad. I. Roca Meliá). Ediciones Cátedra.
