Del diploma al criterio: cómo hacer que lo que estudias se note en tu trabajo
Introducción: Una pregunta seria.
En nuestra última clase de la Especialización, un compañero me hizo una pregunta que se me quedó dando vueltas: “¿Cómo haces para que toda la información que estamos aprendiendo no se pierda?”
Es una pregunta más seria de lo que parece. En mi experiencia, muchos cursos o programas de posgrado se quedan en la anécdota y en el diploma, más que en una transformación real. A veces la inversión se justifica más por el nombre de la institución que por el cambio de criterio o de comportamiento que produce.
De hecho, incluso cuando una clase es didáctica, dos o tres horas rara vez alcanzan para que algo se integre de verdad en la forma en cómo pensamos, decidimos y actuamos.
Entonces la pregunta se vuelve más compleja:
¿Cuándo podemos decir que realmente hemos aprendido? ¿Tenemos alguna injerencia en ello? ¿Cómo puedo aprovechar la inversión que estoy haciendo —o que la empresa hace en mí— para que no se diluya en el tiempo?
Lo que aprendemos es lo queda cuando olvidamos lo estudiado.
Hay una frase que me acompaña desde que empecé a investigar sobre esto:
“Lo que has aprendido es lo que queda cuando has olvidado lo que has estudiado” (Sancho Gil et al., 2025).
Cuando los psicólogos hablan de aprendizaje, no se refieren sólo a acumular información. Aguado-Aguilar (2001) lo define como los procesos en virtud de los cuales nuestra conducta varía y se modifica a lo largo del tiempo, adaptándose a los cambios que se producen en el entorno.”. Por su parte, León Correa y Peña Herrera (2022) lo describen como el uso constructivo de la experiencia para ganar información y, al mismo tiempo, modificar el pensamiento y la inteligencia.
Vale la pena notar que estas definiciones apuntan tanto al proceso mental de aprender como al resultado esperado: el cambio.
Dicho de forma simple: aprender no es solo saber algo nuevo, es empezar a responder de otra manera a situaciones reales. Por eso, si no hay ningún cambio —aunque sea sutil— en cómo tomamos decisiones, resolvemos problemas o interpretamos lo que nos pasa en el trabajo, el estudio corre el riesgo de quedarse en anécdota. Conocer algo y vivirlo no son lo mismo.
Hasta aquí, mi curiosidad se había acrecentado como el fuego cuando entra en contacto con el combustible. La siguiente pregunta que me nació fue: ¿Qué factores influyen en el aprendizaje?
Aprender es, en gran medida, recordar en el momento justo.
Si miramos al ser humano como aprendiz, entran en juego muchos factores: motivación, atención, memoria, conocimientos previos, creencias personales, estado emocional, estado físico y metacognición, entre otros. Sin embargo, en mi experiencia, aprender significa poder recuperar un conocimiento en el momento exacto en que la situación lo exige. Ese acto de recuperación no solo demuestra lo que aprendiste, sino que genera un nuevo ciclo de aprendizaje que consolida el anterior. Es similar a la expresión de Steve Jobs: “conectar los puntos hacia atrás”
Aguado-Aguilar (2001) lo plantea con claridad: aprendizaje y memoria son fenómenos interdependientes. La capacidad de aprender implica la capacidad de recordar, y ambas se apoyan en la adquisición y reorganización de información.
Para entender cómo funciona la memoria y no perdernos en modelos, pensemos en tres momentos clave de ese proceso: codificación, consolidación y recuperación.
Imaginemos una capacitación sobre “el uso responsable de la IA para mejorar la productividad”. Hay diapositivas, ejemplos, listas de herramientas, políticas de seguridad. Y, por supuesto, el café al costado.
Codificación es cómo la información entra a tu sistema. Tiene que ver con atención, significado y emoción. Si algo no se procesa con sentido, difícilmente se quedará.
Aquí no basta con ver los nombres de las herramientas o escuchar ejemplos genéricos con pasividad. La nueva información empieza a tomar sentido cuando te preguntas: “¿En qué parte de mi trabajo pierdo más tiempo cada semana?” y “¿Dónde podría probar esta IA mañana mismo?”. Puedes ir un paso más allá y compartirlo con tus compañeros.
Cuando haces ese puente, dejas de recibir información y empiezas a construir significado.
Consolidación es lo que pasa después. El recuerdo se estabiliza con el tiempo, el descanso y la práctica. Volver sobre la idea en distintos momentos y formatos crea conexiones más fuertes.
Tal vez, al día siguiente, tomas un correo real y lo pasas por una herramienta de IA para reescribirlo con mayor claridad. No es un gran proyecto, pero es una primera huella en tu forma de trabajar.
Recuperación es traer ese aprendizaje sin depender del apunte. Y no solo demostrar que lo recuerdas, sino empezar a usarlo con criterio.
Una semana después, tu jefe te pide un informe para las 5:00 pm. Son las 3:56 pm. Aparece el estrés. Y, casi sin pensarlo, recuerdas que puedes usar la IA para hacer un primer borrador. No porque te lo dijeron en clase, sino porque ya lo has puesto en práctica.
Ahí empieza a notarse el cambio: no solo en la herramienta que usas, sino en la estrategia con la que enfrentas tu trabajo.
Suena simple. No lo es. Pero sí es deliberado.
La responsabilidad del aprendiz.
Con todo esto en mente, la pregunta restante a responder es:
¿Qué puedo hacer, como aprendiz, para que una inversión en un diplomado o una especialización no se quede en buenas intenciones?
Rivas Navarro (2008) sostiene que lo decisivo en el aprendizaje es la actividad interna del aprendiz. Los cursos, los profesores y los materiales no hacen el trabajo por uno: crean las condiciones para que el propio estudiante procese, interprete y reorganice la información.
Esto no significa que el contexto no importe, sino que, incluso en el mejor entorno, sin una intención activa, el aprendizaje se diluye.
Un modelo útil para organizar esta intención es el conocido 70:20:10, no como una proporción exacta, sino como una brújula.
10% Formación formal: sucede en el marco de una capacitación, un taller, un diplomado o cualquier otro programa académico.
En clase, el objetivo no es solo entender, sino empezar a traducir. Explica con tus propias palabras, cuestiona, compara. Y, sobre todo, ponle un “rostro” a la información: un cliente real, un proyecto en curso, una tarea pendiente.
Luego, prueba tu memoria con prácticas de recuperación, no solo con relecturas. Hazte preguntas, plantea casos o pídele a una herramienta de IA que te “tome la lección”.
Aquí el foco es codificar y consolidar, pero con un primer anclaje en situaciones reales, no solo en definiciones. No está de más decir que también es factible guardar y organizar todos los documentos y materiales que se te han proporcionado en este punto. Mejor aún si los clasificas por “cuándo los usaría” y no solo por “de qué tratan”.
20% Aprendizaje social: sucede cuando aprendemos con otros: feedback, mentoría, observación de pares, conversaciones, comunidades de práctica y coaching informal.
El reto será compartir. No para enseñar, sino para pensar mejor. Saca el tema en una conversación, pide feedback, pregunta a alguien con más experiencia cómo lo ha aplicado en situaciones reales.
Ahí aparecen los matices: los “eso funciona, pero solo si…” y los “en la práctica pasa que…”. Esos ajustes no debilitan lo aprendido, lo afinan y enriquecen.
70% Experiencia directa: aprendemos haciendo: resolviendo problemas reales, asumiendo nuevos retos, liderando proyectos, cometiendo errores y ajustando en el camino.
Aprender es poner algo en juego. En una tarea, en una decisión, en un proyecto personal que vienes postergando.
Lo sé, me dirás: “Pero Sergio, los errores son castigados en la empresa y lo que quieren de mí son resultados” o “Sergio, no tengo tiempo ni idea de dónde usar este conocimiento, es demasiado”. De acuerdo. No se trata de buscar el gran proyecto, sino de crear pequeños espacios de aplicación: mejorar un proceso que ya haces, proponer una forma distinta de presentar un informe, liderar una parte de una reunión, probar una nueva manera de abordar a un cliente.
Y si puedes, hazlo explícito. Habla con tu jefe o con tu equipo sobre lo que estás aprendiendo y en qué te gustaría probarlo. Define expectativas: qué sabes hoy, qué estás desarrollando y qué tipo de resultados pueden esperar mientras tú también estás aprendiendo en el camino.
Si en algún momento no es posible aplicar de inmediato, descuida. Cuando necesites recuperar lo que has aprendido, volver a tus apuntes y documentos será mucho más fácil si ya lo comprendiste. Así, entrar en modo “aplicación” no será empezar de cero, sino conectar un punto que ya habías marcado.
Conclusión: aprender como práctica deliberada
Para aprovechar cualquier espacio formal de aprendizaje —como un diplomado— necesitas comprometerte con algo más que escuchar: con aplicar y compartir lo que aprendes. No desde el lugar del experto, sino desde el de alguien que se facilita su propio proceso de aprendizaje a través de la acción y el uso deliberado del conocimiento nuevo.
Para lograrlo, procura recibir la información de forma activa y clara, de modo que puedas traerla al presente justo cuando la realidad te pida ponerla en práctica.
Referencias
- Fernández, J. (2025, 3 de agosto). Comprender la memoria: cómo se construye (y se pierde) un recuerdo. INVESTIGACIÓN DOCENTE. https://investigaciondocente.com/2025/08/03/comprender-la-memoria-como-se-construye-y-se-pierde-un-recuerdo/
- Sancho Gil, J. M. (Ed. lit.), Hernández, F. (Coord.), Soler Campo, S. (Coord.), & Sureda Perelló, M. (Coord.). (2025). Trayectorias de vida de aprendizaje de jóvenes universitarios. Universidad del País Vasco = Euskal Herriko Unibertsitatea, Servicio Editorial.
- León Correa, E., & Peña Herrera, B. (2022). Psicología del aprendizaje y la memoria. Editorial Universitaria Abya-Yala.
- Rivas Navarro, M. (2008). Procesos cognitivos y aprendizaje significativo. Comunidad de Madrid, Consejería de Educación.
- Aguado-Aguilar, L. (2001). La naturaleza del aprendizaje: ¿Qué es el aprendizaje? Revista de Neurología, 32(4), 373–381.
